Crónicas del Poder
José Luis Pérez Cruz
La ciudad de Coatzacoalcos, en el corazón del sur veracruzano, despertó ayer una vez más bajo el rugido de convoyes militares.
300 elementos de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) y la Guardia Nacional, liderados por el Coronel Abelardo Gabriel Martínez, recorrieron las arterias de la ciudad en un despliegue que busca, según la vocería oficial, “inhibir y acotar” las actividades del crimen organizado.
Como un dique que se refuerza ante una crecida constante, este operativo es el enésimo intento de contener la marea de inseguridad que azota a esta urbe portuaria.
Pero, ¿es este blindaje una solución o apenas un paliativo en una región donde la delincuencia parece haber echado raíces más profundas que las estrategias para combatirla?
El despliegue, iniciado a las 9:30 de la mañana desde el 45 Batallón de Infantería, no es un hecho aislado.
LARGA HISTORIA
Coatzacoalcos ha sido escenario de operativos similares bajo distintos gobiernos estatales, cada uno acompañado de promesas de seguridad y estabilidad.
Sin embargo, la recurrencia de estas intervenciones revela una verdad incómoda: los blindajes temporales no han logrado desmantelar las estructuras del crimen organizado que operan en la zona.
La extorsión, el narcotráfico y la violencia persisten, como olas que erosionan la confianza ciudadana en las instituciones.
La pregunta no es si 300 elementos pueden patrullar las calles, sino si su presencia responde a una estrategia integral o es solo un parche en una herida que requiere cirugía.
La estrategia de seguridad nacional, en la que se enmarca este operativo, apuesta por la presencia militar como disuasivo. Sin embargo, la experiencia en Coatzacoalcos sugiere que el problema no se resuelve con números, sino con inteligencia, coordinación y, sobre todo, continuidad.
La vocería de la XXIX Zona Militar asegura que el objetivo es “brindar mayor certeza a la población”. Pero la certeza no se construye con desfiles de convoyes ni con patrullajes de semanas. Se edifica con políticas públicas que ataquen las causas estructurales de la delincuencia: la pobreza, la falta de oportunidades y la corrupción que permite la impunidad.
El impacto inmediato de este despliegue puede ser una percepción temporal de control. Los ciudadanos, agotados por la inseguridad, podrían encontrar alivio en la imagen de soldados recorriendo avenidas como Reyes Azteca o Las Matas.
Sin embargo, la historia reciente demuestra que estos operativos suelen ser efímeros.
Una vez que los efectivos se retiran, el crimen organizado reemerge, adaptándose con una resiliencia que contrasta con la aparente improvisación de las autoridades.
La ausencia de información más relevante de su quehacer no ayuda a disipar las dudas sobre la profundidad de esta estrategia.
El silencio oficial, aunque táctico, alimenta la percepción de que estos despliegues son más espectáculo que sustancia.
LOS ESCENARIOS POSIBLES
Mirando hacia el futuro, dos escenarios se perfilan. En el mejor de los casos, este operativo podría sentar las bases para una presencia más permanente, como sugieren algunos sectores que abogan por institucionalizar estos blindajes.
Una estrategia sostenida, acompañada de inteligencia policial y programas sociales, podría mermar la influencia del crimen organizado. Sin embargo, el escenario más probable, si la historia es indicativa, es que este esfuerzo se diluya en unas semanas, dejando a Coatzacoalcos en la misma vulnerabilidad.
La falta de continuidad y la desconexión entre los operativos militares y las políticas locales son el talón de Aquiles de estas iniciativas.
Como un dique que se levanta una y otra vez tras cada tormenta, Coatzacoalcos espera que esta vez el blindaje sea más que una medida reactiva.
La ciudad merece una estrategia que no solo contenga la crecida, sino que drene las aguas estancadas de la desigualdad y la impunidad.
Sin un enfoque integral, estos despliegues seguirán siendo un eco de buenas intenciones en un puerto donde la inseguridad no cede.
La ciudadanía observa, entre la esperanza y el escepticismo, esperando que esta vez el dique resista.
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